Vía ferrata | Feliz Navidad

Comentario escrito por   Jorge » hace 3 años

Primero fueron la Teletubbies y la Olmo-Soler. Después llegaron la Canal de las Damas, Baumes Corcades, L'Empalomar, Castellaso, Sacs, Tossal de Miravet, Cal Curt, Cinglera del Resistent con su hiperbólico techo, Cast-Urquiza-Olmo y la mítica Teresina. Pero desde que Monikay y yo comenzáramos este periplo en el proceloso océano de las vías ferratas, la Feliz Navidad se erguía ante nosotros como un reto formidable, nuestra gran ballena blanca.
El día de Navidad de este 2015 pensaba que estaba preparado, listo para la batalla. No soy escalador, pero interminables años de gimnasio y la experiencia adquirida en estos siete meses me hicieron pensar que lo estaba.
En la antigua Grecia, cuando alguien intentaba desafiar su destino, ir en contra de lo que las moiras habían establecido para él, incurría en hybris. Y era castigado por los dioses, con crueldad e imaginación. Hybris...
Comencé la vía con energía y determinación, como un hoplita espartano cargando contra el flanco enemigo. Y sí, llegué al final del explosivo primer tramo, esos primeros treinta metros desplomados en los que te maldices a ti mismo por no haber bebido más leche de pequeño y ahora tener unos brazos más largos, y así poder llegar a las diminutas clavijas que parecían alejarse de mis manos como si yo me hubiese convertido en un nuevo Tántalo. Llegué al final del primer tramo, justo al minipeldaño metálico a la izquierda, antes de que la pared se tumbe ligeramente dulcificándose, transformándose en algo más amable. Pero fue una victoria pírrica: yo estaba muerto y aún no me había dado cuenta. Todavía hoy, cuatro días más tarde, mi deltoides, bíceps braquial y antebrazo izquierdos, los músculos que soportaron todos los terribles cambios de mosquetón, están inservibles, como si les hubiese pasado por encima una apisonadora.
Así que tomé la decisión más juiciosa que he tomado jamás: bajarme de allí. No llevaba cuerda, de lo cual no me arrepiento, pues ahora estaría barajando la condescendiente hipótesis de que no lo conseguí por culpa del peso extra. No, no lo conseguí porque no estuve a la altura. Punto. Bajé deslizándome por el cable de vida, unido a él por un mosquetón de seguridad como un cordón umbilical, y animado en todo momento por la entusiasta Monikay a pie de pared. No hubiera sido lo mismo sin ella.
Joaquín Olmo, Juan Urquiza y el resto del equipo de JOM han dejado el listón muy alto. Han hecho que una pared anónima perdida en un lugar remoto de la Sierra del Montsec se convierta en un santuario, un enclave legendario, un sueño de poder, o una pesadilla de impotencia. Un fuego que ha mantenido vivo durante meses mi espíritu de aventura.
Y sí, he incurrido en la temible hybris, no lo niego. Mi desmesurado orgullo me ha traicionado. He perdido esta batalla, pero aún no está todo dicho. Las espadas siguen en alto.

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